19 julio, 2008

Agua, tierra, fuego y aire


En las ventanas se empaña el frío,
están apocadas porque no resuena lo que era
y sombrean un camino que no le hagan
perderse en otra vuelta.



Tiemblan,
como el poeta y su reloj de luna
esperando salvarse de la pobreza
de sus séquitos en aire de duendes
apuñalándoles en cada verso.


Te suelo escribir braceando bajo el agua
para olvidar a la vez.


Me sostengo
asida a la sangre remojada
sobre la que se alimenta el último buitre,
estremeciendo la carne
en un conmovido placer.


Se arrugan todos los domingos,
son una vieja taza de té
donde el penúltimo sorbo se marcha
cuando la novena gota desfila
en un barranco y el final
yace en la primera piedra.


Hoy finjo tendida en el techo
con una lámpara certeramente apedreada,
me sustraigo unos años mal bailados
y los arrojo al otro lado de la puerta,
el tipo los acosa y tortura
con retratos que ambiciona su designio.


Algo me desnuda a veces
al resonar la última cerilla en mi ombligo,
el recuerdo como enemigo,
un húmedo trayecto que deja al descubierto
el punto de estremecimiento.

3 comentario(s):

José Cirujeda dijo...

Soy Cirujeda, me gustó.

Giovanni-Collazos dijo...

Poema intenso y bello... maestria la tuya al usar las palabras.

Un saludo.

Gio.

victor luis dijo...

Gusta, gusta mucho leer tu poesía, -descalza-.

Va teniendo su propia personalidad. Y hay una cosa (que al princípio me chocaba algo), que me va gustando cada vez más. Y es el uso de palabras poco líricas que me resultaban algo duras. Pero cada vez me gustan más porque marcan tu sello. Parecen como unos nodos, que además de tu estilo, marcan que ese poema es tuyo.

Tu poesía se diferencia. Y eso es mucho.

Se disfruta mucho tu poesía.
Besos.